“La vindicación de la antigüedad de Palermo se debe a Paul Groussac”. Así comienza Jorge Luis Borges su texto “Palermo de Buenos Aires”, donde rescata un nombre del olvido y le devuelve su valor histórico. Borges recuerda allí que fue Groussac quien, en los Anales de la Biblioteca, señaló la presencia de un siciliano, Doménico de Palermo, llegado desde Italia, como uno de los posibles orígenes del nombre del barrio. En el siglo XVII, esas tierras aún alejadas del centro porteño pertenecían a Juan Domínguez Palermo, propietario rural y devoto de San Benito de Palermo. El uso popular hizo el resto: el lugar comenzó a ser llamado Palermo. Borges vuelve sobre ese mundo en “Evaristo Carriego” (1930), cuando Palermo todavía era arrabal, patios y cuchilleros, un territorio ya perdido que él evoca con una nostalgia casi anticipada. Ese Palermo ya no existe, pero tampoco ha desaparecido del todo. Los nombres sobreviven a las personas: hoy hay muchos Palermos (Soho, Hollywood, Viejo, Chico), pero todos comparten un mismo origen. Yo mismo viví en Palermo, y caminar sus calles era atravesar capas superpuestas del tiempo: el campo primero, el arrabal después, el barrio finalmente. Hoy resido en Tucumán, donde ejerzo mi profesión y donde mi familia ha echado raíces. Sin embargo, hay nombres que no se abandonan nunca. Palermo vuelve como una escena íntima, como un afecto persistente. Por eso resultó especialmente conmovedor encontrar a Borges, otra vez, en Tafí del Valle. De la mano de la doctora en Filosofía Cristina Bulacio, en la galería La Solariega, un taller borgiano volvió a tender ese hilo invisible entre los lugares, la memoria y la literatura. Borges sabía que los lugares verdaderos no se pierden: cambian de geografía, pero persisten en la memoria y se justifican en la palabra. Muchas gracias, profesora Bulacio, doctora Nader y Silvia Sánchez..
Juan L. Marcotullio
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